
Introducción: Cuando el aumento deja de ser divertido
La Navidad pasada, mi esposa me regaló un telescopio. Nunca había tenido uno, y la idea de poder observar cuerpos celestes que se encuentran a miles, o mejor dicho, millones, de kilómetros de distancia me entusiasmaba bastante.
El regalo en cuestión fue un telescopio para principiantes de la marca Celestron, modelo 70DX. Se trata de un refractor de 70 mm y dos oculares: uno de 10 mm y otro de 20 mm. También incluye un lente Barlow 2x, que permite duplicar el aumento de cualquiera de los dos oculares.
La primera vez que usé mi telescopio logré enfocar a Júpiter y sus lunas galileanas. Comencé con el ocular de 20 mm y podía ver el planeta junto con sus lunas como pequeños puntos brillantes. Luego cambié al ocular de 10 mm; el conjunto se veía un poco más grande, aunque todavía sin detalles visibles.
Decidí entonces añadir el lente Barlow para incrementar el aumento… y fue ahí donde apareció el problema: simplemente no podía enfocar nada.
El problema real no es el telescopio
A ese nivel de aumento, que, en términos astonómicos, en realidad no es tan alto, se vuelve prácticamente imposible centrar un objeto manualmente. Cualquier movimiento del tripié, por pequeño que sea, saca al objeto completamente del campo de visión. Y si por casualidad lograba enfocarlo, aparecía un segundo inconveniente.
Todos estamos familiarizados con el desplazamiento aparente de los objetos en el cielo: el Sol sale por el este y se oculta por el oeste. De igual manera, la Luna y la mayoría de las estrellas siguen esa misma trayectoria.
Lo que realmente experimentamos es el resultado de la rotación de la Tierra. Ese movimiento, imperceptible en nuestra vida cotidiana, se vuelve muy evidente cuando observamos a través de un instrumento que amplifica exponencialmente el tamaño aparente de los objetos. En cuestión de segundos, el planeta o la estrella que acabamos de centrar abandona el campo de visión.
Intentos por solucionar el problema
Mi primer pensamiento fue que el tripié original era demasiado inestable. Decidí probar con el tripié profesional de mi cámara, mucho más rígido y robusto. El resultado fue exactamente el mismo.
No había forma de centrar los objetos con precisión y mantenerlos ahí el tiempo suficiente para observarlos con calma o intentar tomar una fotografía. El único objeto que podía observarse de manera relativamente cómoda era la Luna, ya que no requiere tanto aumento para apreciarse con claridad.
No estaba dispuesto a darme por vencido. Comencé a investigar y descubrí el montaje ecuatorial: una solución elegante e inteligente a este problema. Sin embargo, las opciones disponibles en el mercado eran considerablemente costosas, por lo que decidí embarcarme en el proyecto de construir uno por mí mismo.